La cueva de los néctares

El chico entró en un aposento oscuro donde sonaban tambores ensordecedores. En ese lugar podía resistir hasta la madrugada. Quizá conocería alguna chica. Se podían apreciar aromas refinados a sándalo y rosa. Inciensos perfumaban el ambiente dándole un aire místico. La iluminación provenía de una especie de coloridas mangueras LED dispuestas a modo de guirnaldas en el techo. 

Conforme se acercaba a la barra, la luz de unas velas dibujaba las caras de otros chicos como él. Escogían en el menú alguna de las infusiones de lavanda con menta. Otros degustaban espesas mezclas de cacao, licor de hierbas y oleorresina de amapola. Los bartenders atomizaban los cocteles con polvo de clavo y canela para elevar los niveles de serotonina al máximo. Al otro lado de la barra, estaban las chicas, que preferían infusiones cítricas. Limones eran destilados con azúcares obtenidos de toronjas cristalizadas para producir alcoholes, aromatizados con hojas de cannabis maceradas. Todo fresco y recién cosechado en los fértiles campos de Sorrento. Con estas infusiones obtenían energía suficiente para danzar toda la noche al ritmo de los tambores tribales. Los cocteles afrodisiacos hacían efecto en las nuevas parejas, que yacían en suaves colchonetas de piel de jaguar y rellenas con plumas de ganso. 

No tenía idea de lo que era ese lugar. Un tímido adolescente que terminó su secundaria en un colegio católico andaba en busca del amor. Desde su infancia se le había negado la interacción con chicas de su edad. Pero ahora estaba listo para comerse… bueno, para beberse el mundo. Entonces acudió a la barra y pensó para sí mismo: «Esos coctelitos son para niñitas. Yo voy a beber como los grandes». Botella en mano, empezó a bailar solo, eufórico, agitando la cabeza. Una tras otra, acababa las cervezas a pico y ya no se sentía tan tímido.

Las chicas gozaban mirándolo y, a cada sorbo de coctel, decían:

—¿Está loco o qué? 

—¿Y a este bicho qué mosco lo picó? 

—¡Es un tarado! 

—¡Ja, ja, ja, ja…!

Y los chicos abrazaban a sus chicas, besándolas como si fuesen esculturas que les pertenecieran. Rodeaban sus brazos en ellas, como protegiéndolas de algún troglodita que fuera a robárselas.

Un bartender que estaba lavando unos vasos lo miró irritado. «A este, pero ni una más», pensó. El chico, sudoroso de tanto bailar, se dirigió de nuevo a la barra y apoyó sus codos para descansar un poco. Iba a pedir la quinta cuando sintió el aroma del ylang-ylang. Volteó. Detrás de él había una ninfa que le ofrecía una bebida extraña en un cuenco.

—Bebe. Este extracto alimentará tu cuerpo pero, sobre todo, tu mundo interior —le aseguró, mirándolo a los ojos.

La ninfa estaba apenas iluminada por la luz de las velas. Su belleza lo cautivó. Con una sonrisa trémula, el chico tomó el cuenco entre sus manos y dio un gran sorbo. El sabor dulce recorrió la punta de su lengua. Infinidad de sensaciones agridulces, una amalgama de arándanos y kiwis, todos a su vez, empapaban sus papilas gustativas. Al tragar de golpe, el gusto amargo a hierbas medicinales quedó grabado en sus sentidos. El fermento espumoso era refrescante y, de inmediato, ingirió todo el contenido. Al instante, su cuerpo comenzó a estremecerse. Manos lánguidas. Sus pupilas dieron paso a la esclerótica. Ojos blancos. Maestro Po. Su corazón palpitaba con frenesí. Amor.

Antes de que se desplomara, la ninfa tomó al chico en sus brazos. Una mano en la nuca y otra en la mejilla. Luego besó con ternura sus labios ahora bautizados con néctar, y tomó su mano. Los tambores tornaron en mantras tibetanos sincronizados con cánticos angelicales. Ambos comenzaron a flotar muy alto en los cielos estrellados de la campiña. En un trance profundo, dejaron atrás la cueva de donde manan néctares y almíbares de los dioses.

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