Cyberespacio

Abrió el chat y encontró que Marcelina_23 le había desbloqueado. Los meses de ansiedad, de sentirse miserable habían llegado a su fin. Entonces la buscó en Facebook y pudo ver sus publicaciones, a las que había dado like hace tiempo. Después de la discusión en el chat de Messenger, donde las palabras de odio se mezclaron con emojis llorando, corazones rotos y caritas rabiosas; quizá ésta le había perdonado. 

Don Francis era obsesivo con su trabajo. Siempre estaba agobiado, clavado frente al ordenador. Llegaba muy de madrugada y se iba de noche. Así no tenía que socializar con sus compañeros de oficina. Excepto por ella. Verla por las mañanas y apreciar el perfume y la sonrisa en los labios de Marcelina, era para él un descanso. Pero esos eran solo recuerdos. Había olvidado los insultos que se prodigaron y los malos entendidos que llevaron a romper su amistad. Juró no volverle a dirigir palabra y así hizo ella que sucediera.

Ese día estaba solo como siempre, trabajando en la oficina donde la conoció. Un presentimiento le insinuó que la buscara. Titubeó un momento. En efecto, allí estaba. Con el corazón palpitando y la mano temblorosa movió el mouse. El sonido de un click abrió el Messenger y escribió.

—Hola Señorita…

Aterrado, cerró el chat. Sudaba frío. Se ajustó la corbata. Acomodó los anteojos de pasta que resbalaban por su nariz grasosa. Se levantó sigiloso viendo el monitor anticuado que se reflejaba en sus lentes e hizo girar la silla como un trompo. Se aprestó a buscar un café. Necesitaba distraerse, pero pudo más la ansiedad. La ventana del Messenger se abrió por sí sola.

—Señorito.

No lo podía creer y se estampó de nuevo en la silla. Limpió el sudor de su frente con un pañuelo. Estaba mensajeándose de nuevo con su crush, la que lo había bloqueado hace tantos meses. Con su mano en la barbilla, esperó unos minutos. No quería iniciar otra disputa. Sin embargo tipeó impulsivamente.

—No sé qué decir. Fui un imbécil. La he pasado muy mal. Te extraño demasiado. Perdóname : (

—Señorito. Eso ya pasó hace tiempo, no vivas en el pasado.

—Discúlpame, no sé lo que ha pasado conmigo. Pero, ¿qué ha sido de ti?

—No leí el libro que me regalaste en mi cumpleaños. La verdad es que lo tiré al basurero. El “Mundo de Sofía” me parece para niñas bobas. ¿Te acuerdas? Tratabas con una adulta, una abuelita millenial : )

—Ja, ja. Bueno, está bien. No estoy para darte sermones, pero cada quien elige como muere.

—Vaya que no has cambiado nada, tú siempre tan negativo. Tontito, se debe decir: “Vive y deja vivir”. Pero tampoco quiero enderezar a un árbol torcido.

La ansiedad bajó de nivel. Respiró hondo y se soltó la corbata. Recobró su cordura. Sintió paz, regocijo. Pudo ver en su mente el cuerpo esbelto de la joven con quien chateaba. La sonrisa. El perfume. Hubiera querido que se materializara allí mismo para abrazarla como antes.

—Me regalaste muchas cosas. Aquel perrito de peluche y los chocolates en forma de corazón. Pero a mí no me interesaban. No era de jugar al marido y mujer. Fue un malentendido, pero no te lo pude decir a tiempo.

—¡Perdóname! Dijiste que era un obsesivo y que te acosaba.

—¡Necio! Te digo que eso ya pasó. 

—Te quiero volver a ver.

—Francis, eso no será posible. Sabes que la enfermedad me estaba carcomiendo por dentro.

—¿Qué necesitas, Marcelina? ¿Dinero? ¿Doctores? Te ofrezco mi alma.

—Adonde estoy ahora no puedes venir. Solo quería despedirme de ti.

—¡No me digas eso! ¿En donde estás? ¡Tomaré un taxi e iré a verte! ¡Te amo con todas mis fuerzas!

—No podía vivir habiéndote tratado de obsesivo y pervertido. Te pido disculpas. No eres un acosador, pero a veces los hombres actúan con su instinto animal. Con esto que te digo, me has quitado un peso de encima. Y sí, claro que te perdono, querido Francis. Me alegra haberte conocido.

La luz chisporroteó. Todo quedó a oscuras. El monitor se apagó. La planta eléctrica de la oficina echó a andar de inmediato. Un puño cimbró en el escritorio.

—¡No, noo, nooo! —¡Maldición! —¡Esto no puede estar pasando! —gritó Don Francis arrancándose los pocos pelos de su cabeza—. Desesperado, reinició el ordenador. Esperó cubriéndose la cara con las manos. Abrió el chat pero se habían borrado los mensajes. De nuevo la ansiedad, el sudor. El nudo en la garganta y el vacío en la boca del estómago. Entró entonces a Facebook para buscar a su amor no correspondido. Digitó el nombre y con un golpe seco le dio a la tecla enter.

«En memoria de Marcelina_23» «No hay publicaciones disponibles»

El dolor en el brazo izquierdo comenzó a subir muy lento hasta su pecho. Le faltaba el aire. Sus compañeros de oficina llegaban uno a uno. Le miraban raro desde sus cubículos.  Lloraba derrotado, berreando a todo pulmón, reclamándole a la vida. Abrazó el monitor con todas sus fuerzas y luego lo levantó con sus manos. El monitor tronó en mil pedazos contra la pared y utilizando un fragmento de vidrio, se degolló.

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